Dandome cuenta del presente.
Cuando llego a la finca de los Puentes a eso de las 8 p.m. después de un viaje de como dos horas, cien canciones escuchadas, el viento despeinándome y pasándole a los carros, llegué a Peñuelas. Me bajo de mi Yaris, la que llamo “la chichi turbo”, comienzo a estirarme, porque en un viaje tan largo a uno le duele la mitad del cuerpo y está más encogidos que un moriviví cuando lo aplastan. Los que viven en el campo de Puerto Rico entenderán lo que es un moriviví. Mientras me estiro, observo las estrellas tan espectaculares que habían y se lo digo a Juan Antonio, quien es un tipazo y gran amigo. “Oye, Juan, mira esas estrellas”, y lo primero que me dice es: “Aquí siempre se ven así, ¿no te habías percatado?”. Como en tono de que eso es súper normal y que le estaba raro que no me había dado cuenta, porque era la tercera vez que me quedaba en los Puentes. Ahí yo con alegría en el corazón le digo: "Lo que pasa es que antes estaba pensando en el próximo entreno, en la recuperació...