Dandome cuenta del presente.

Cuando llego a la finca de los Puentes a eso de las 8 p.m. después de un viaje de como dos horas, cien canciones escuchadas, el viento despeinándome y pasándole a los carros, llegué a Peñuelas.

Me bajo de mi Yaris, la que llamo “la chichi turbo”, comienzo a estirarme, porque en un viaje tan largo a uno le duele la mitad del cuerpo y está más encogidos que un moriviví cuando lo aplastan. Los que viven en el campo de Puerto Rico entenderán lo que es un moriviví. Mientras me estiro, observo las estrellas tan espectaculares que habían y se lo digo a Juan Antonio, quien es un tipazo y gran amigo. “Oye, Juan, mira esas estrellas”, y lo primero que me dice es: “Aquí siempre se ven así, ¿no te habías percatado?”. Como en tono de que eso es súper normal y que le estaba raro que no me había dado cuenta, porque era la tercera vez que me quedaba en los Puentes. Ahí yo con alegría en el corazón le digo: "Lo que pasa es que antes estaba pensando en el próximo entreno, en la recuperación, en el estiramiento y en miles de cosas más que no me tomaba el tiempo para ver la sencillez de las estrellas". Un gran silencio de “wao” y simplemente me gocé la estrella.

Darme cuenta de las sencillas cosas de la vida y disfrutármelas es otro nivel musical, como dice mi amigo Gabriel Avendaño, quien es otro tipazo. En cambio, antes no había receso; era entrenar y entrenar, perfeccionar y perfeccionar, soñando en ser feliz cuando lograra el triunfo o a dónde quería llegar. De cierto punto decía, ¿y por qué rayos esto que lo veía como amenazante (la lesión), no me pasó antes, para darme cuenta de la sencillez de la vida y comenzar a disfrutar?

Pero doy gracias que me pasó, porque imagínate yo un atleta olímpico y no ser feliz; pasarían dos cosas: primero, tú no estarías leyendo este artículazo y segundo, yo no fuera tan feliz.

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